5th Oct 2007
Misión Bolivia
No fueron las gestas de visionarios navegantes las que me condujeron hasta allí. Tampoco las barbaries de hombres de armas. Ni siquiera la idea de repetir los pasos de aventureros pasados. Un episodio de la historia, negra o blanca según se mire, me llevó hasta el punto de partida de un tour por siete Misiones Jesuísticas de Bolivia. De Santa Cruz a San Javier. Quería comprobar cómo la Compañía de Jesús modeló a los indígenas bolivianos, como también hiciera con los argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños o paraguayos. Durante las más de cuatro horas de viaje, en mi cabeza se sucedían palabras como colonización, evangelización, esclavitud, destrucción de culturas, sometimiento…; pero también difusión de nuevas técnicas artísticas, la introducción de animales domésticos y de nuevas plantas de cultivo, el desarrollo de un sistema cooperativista, la educación… ¿Qué ha quedado de aquel final del siglo XVII?
Recorrer el circuito completo lleva cinco o seis días, tiempo más que suficiente para apreciar, además de su arquitectura característica, su paisaje de extensas llanuras tropicales. Nosotras nos quedamos con la miel en los labios, ya que tan sólo pudimos recorrer, eso sí a conciencia, San Javier, la primera de cuantas misiones jesuísticas se abrieran en Bolivia.
El recorrido partía de la estación de micros 31 del Este. En un vetusto autobús, de esos que te hacen añorar las comodidades de otros lares, iniciamos la marcha hacia las llanuras tropicales de la región, con sus cultivos de soya, caña de azúcar, arroz y sus colinas cubiertas de palmeras. Kilómetros antes, y en medio de los pastizales, nos encontramos ante un colosal embotellamiento. Sin saber por qué los vehículos de nuestro lado de la marcha se detuvieron, y así permanecieron durante un largo rato. Los vendedores ambulantes, que se disponían a ambos lados de la vía, se precipitaron hacia el autocar ofreciendo helados de paila, toda clase de jugos en bolsas de plástico listos para ser consumidos, chicharrones… Cualquier cosa es buena para pasar casi una hora al borde de la carretera.
Pronto dedujimos la respuesta a tan tremendo atasco. Estábamos en la Tranca de Pailas y debíamos atravesar el puente férreo sobre el río Grande, de algo más de 1.400 metros. En principio se trataba de un puente para que el ferrocarril que comunica Puerto Suárez con Santa Cruz salvara el río pero, con el tiempo, se habilitó también para el transporte terrestre. La clave está en que sólo se puede circular en un sentido a la vez. La lenta marcha sobre ese puente de hierro y de madera, por el que apenas cabe un camión que se ve además obligado a sortear las vías, nos permitió “contemplar” la extensa duna que en forma de meandro dibuja ese río Grande. Y digo contemplar entre comillas porque la ventisca convertía en polvo cualquier atisbo de belleza.
Con las gargantas aún resecas, proseguimos viaje. A la altura de San Ramón, el paisaje comienza a tornar. Dejando los grandes llanos uniformes, se inician las verdes colinas y cerros, allá donde las altas palmeras se levantan sobre los pastizales. Y así hasta San Javier, a 221 kilómetros de Santa Cruz por una vía asfaltada.
La búsqueda de hotel se nos antojó complicada. Tanta es la oferta, que elegir fue tarea complicada. Al final, optamos por uno modesto en plena plaza, justo frente a la iglesia. Y allí mismo llegó la sorpresa. La arquitectura, el legado… y la paz, una tranquilidad casi mística.
Lo primero que sorprende son las dimensiones de la plaza. En su pleno apogeo, allí se distribuía la iglesia, el cementerio, las escuelas, los talleres y las viviendas. Ahora lo que más resalta es el templo, una edificación barroca, al más puro estilo colonial. Sobre una base amarilla, se funde el ocre, el rojo, el negro. Todo en perfecta armonía. Ante la imposibilidad del labrado de la piedra, destaca las ondulaciones del pincel, que simulan filigranas por toda la estructura. El patio central, con su elevado campanario, rodeado de sorprendentes galerías y en perfecto estado de conservación. Y en su interior, columnas de madera tallada que ascienden hasta el techo, también de madera, retorciéndose sobre sí mismas. La luz es tenue, lo que imprime más magia incluso al lugar.
La vida de San Javier se reúne en la plaza y es ahí donde se abre una ventana a sus costumbres. A unas cuadras de la plaza se encuentra la Piedra de los Apóstoles, un lugar recomendado en las guías turísticas, pero abandonado a la suciedad. Una noche en esa recoleta ciudad y de regreso a Santa Cruz para disfrutar de las últimas horas en compañía de Mariví antes de su partida hacia Lima. Mi próxima parada: Rurrenabaque.
Por Mar Pelaéz
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