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Bolivia en las nubes
No Photos 10th Oct 2007
Del paraíso a la jungla

Madrugar tiene su recompensa en la selva boliviana. Un bonito amanecer nos esperaba entre la maleza. Tras el desayuno comenzaría la otra actividad prometida del viaje: pescar pirañas. Y esta vez sí lo logré. Fue una, pequeña, pero que me sirvió para desquitarme de mi fallido intento de pesca en Cuyabeno. Dos horas de conatos, de cargar de carne el palo que hacía las veces de caña. Las pirañas tenían que estar muy satisfechas del banquete que les ofrecimos los ocho. Una última sorpresa. La vista de uno de mis compañeros nos permitió ver una boa de más de tres metros de longitud, enroscada en un árbol. Descendimos del bote y nos pasamos un largo rato viendo cómo se movía. 

Y con todas esas vivencias, sólo nos quedaba hacer la mochila y regresar, río abajo, hacia la Comunidad de Santa Rosa, y de allí a Rurrenabaque. Éramos uno más a la vuelta y eso hizo que yo tuviera que irme en otro jeep. Mejor, porque ya estaba un poco harta de oír a mi alrededor hablar inglés. Así, además, tuve la oportunidad de hablar con todos esos vecinos que iban subiendo en mi mismo vehículo. Un regalo. A fin de cuentas yo viajé a Bolivia a conocer a los bolivianos, sus sueños, su forma de vida, sus miedos y esperanzas. 

Y con todas esas vivencias, sólo nos quedaba hacer la mochila y regresar, río abajo, hacia la Comunidad de Santa Rosa, y de allí a Rurrenabaque. Éramos uno más a la vuelta y eso hizo que yo tuviera que irme en otro jeep. Mejor, porque ya estaba un poco harta de oír a mi alrededor hablar inglés. Así, además, tuve la oportunidad de hablar con todos esos vecinos que iban subiendo en mi mismo vehículo. Un regalo. A fin de cuentas yo viajé a Bolivia a conocer a los bolivianos, sus sueños, su forma de vida, sus miedos y esperanzas. 

Tres horas y media después llegaría a Rurrenabaque, acalorada, con polvo por todos los rincones y con ganas de una reparadora ducha. Por primera vez en 32 días me di el lujo de ir a un hotel de calidad superior a la que venía siendo habitual. Tenía piscina y eso me cautivó, pero también sus vistas hacia el río Beni. Paseé por las calles de la localidad, bien preparada para el turismo, con hoteles de todas las categorías, restaurantes para todos los gustos e incluso bares al más puro estilo occidental. Con mis compañeros de viaje compartí unas copas de despedida e hice las gestiones oportunas para anular mi siguiente aventura: ir a la selva. Me quedé con las ganas de visitar ese lugar, pero las condiciones climatológicas amenazaban lluvia precisamente para el día en que yo tenía que volar a La Paz, como paso previo para regresar a España. No me podía arriesgar a perder ese vuelo.

11 octubre 2007. Mi avioneta debía haber despegado a las 7.50 horas. En una moto-taxi me dirigí hacia el mini-aeropuerto. Allí no había nadie más que una pareja de israelitas a los que ya conocía. La visibilidad era nula y había que esperar al parte de las 8 de la mañana para saber si podríamos volar. Pasaron las 8 y las 9. Salí a la carretera en busca de otra moto-taxi para llegar al pueblo. En la oficina de las aeronaves, donde estaba el resto de pasajeros, dejé la mochila y aproveché para conocer la vida en el puerto, con esos militares que controlaban las embarcaciones que transportan a los viajeros a San Buenaventura, la población de enfrente.

Nos desplazaron hasta el aeropuerto de Reyes donde sí tomaríamos por fin la avioneta. Con dos gallegos compartí un viaje entre risas desde la Selva hasta La Paz. Ufff, otra vez la altitud, otra vez las prisas, las aglomeraciones, los pitidos Del paraíso a la jungla.

Por Mar Peláez



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